viernes, noviembre 24, 2006

Para leer y releer: Boris Vian.

El primer libro de Boris Vian que leí fue El Otoño en Pekín, hace más de treinta y cinco años, y me deslumbró, entonces quise leer todos los que encontrara.

Hay en Boris Vian un placer por el uso del lenguaje en función de una fantasía torrencial; una actividad literal de las frases; los nombres de los personajes son casi como sonidos musicales humorísticos, y el humor es alucinante y frenético, con un sarcasmo irreverente.
Inundado por una sensación de inestabilidad permanente en todo, actitudes, situaciones y ambientes, cada elemento está sujeto a continuos cambios oníricos.
Pero en los relatos se percibe una ternura melancólica y un tono pudorosamente poético, entrelazados coherentemente con una apariencia surrealista.
Para visualizarlo, diría que tiene la imaginería de un Chagall citadino, con la ingenuidad de Miró y la feroz y amenazante inocencia de las selvas del aduanero Rousseau.

Boris Paul Vian nació en París, el 10 de marzo de 1920, y falleció el 23 de junio de 1959, mientras comenzaba a ver la proyección de una película basada en una de sus novelas. Fue ingeniero metalúrgico, trompetista de jazz, cantante de cabaret, ocasional actor de cine, traductor de inglés, guionista de películas, dramaturgo y sátrapa del Instituto de Patafísica, además. por supuesto, de escritor de cuentos y novelas.
Sus principales obras son: El Otoño en Pekín (1947), La espuma de los días (1946), La hierba roja (1950), El Arrancacorazones (1950), Vercoquin y el pláncton (1946), el libro de cuentos Las hormigas (1949) , y la pieza teatral Los constructores del imperio (1959).
(La tapa de Blues for a black cat corresponde a la versión en inglés de Las hormigas, y es en realidad el título de uno de los cuentos que contiene).


2 comentarios:

crêpegeorget dijo...

La "Espuma de los días" es uno de los libros de ficción que más me impactó, al punto que mi amor por sus personajes dura aún

Rotebor dijo...

Para CREPEGEORGET:
Pero sí. Se sentía angustia con aquella habitación que se achicaba y la flor maligna que crecía, y su correlato.
Otra imagen fuerte, esta de El Otoño en Pekín, es la de ese muro de niebla en el que alguien apoyaba su bicicleta y se internaba en él; una imagen póética y algo escalofriante...
Hay que releerlos completamente.
Pronto recordaré a otro autor francés (o casi: belga) que tiene otro carácter.
Hasta la próxima.